
Hay tormentas tan íntimas que nadie las percibe. A veces, la vida continúa su curso, los demás siguen navegando sus propias rutas, sin notar que una pequeña embarcación acaba de desaparecer en la bahía.
Este poema de Emily Dickinson —tan breve como profundo— habla del naufragio silencioso, de la fragilidad emocional que se pierde sin dejar rastro, sin que ni siquiera las majestuosas velas barrunten la tragedia. La metáfora es simple, pero demoledora: no todas las pérdidas hacen ruido. Algunas se hunden sin testigos.
Quizás por eso este poema duele de forma tan sutil. No porque hable de algo excepcional, sino porque revela lo que tantas veces sucede sin que nadie lo note: que hay días —o vidas enteras— en que apenas sostenemos el rumbo. Que hay despedidas interiores, hundimientos que no alcanzan a ser vistos, porque ni siquiera nosotros tuvimos palabras para anunciarlos.
El mar que parecía galante termina siendo un escenario indiferente. Las velas majestuosas —símbolo de lo grandioso, de lo visible— nunca supieron que una pequeña embarcación desapareció. ¿Cuántas veces nuestras emociones más frágiles, más sinceras, se perdieron igual?
Dickinson no da respuestas. Solo deja flotando la imagen, como una confesión en voz baja. Pero leerla es también una forma de reconocimiento: ese gesto silencioso de quien ha visto hundirse su propia barca y, por fin, encuentra a alguien que lo nombró.
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