
Luego de leer el poema varias veces, y de sentir cómo despertaba en mí una ternura difícil de explicar, decidí buscar algo más sobre él.
Su origen es casi un accidente: un error tipográfico en un periódico, una noticia mal titulada. Bishop, al leer The Man-Moth, no corrigió el desliz, sino que lo convirtió en criatura. La sola idea me asombra; puedo imaginarla dejándose arrastrar por la errata hasta darle forma a este ser extraño.
Y es que El Hombre-Polilla no es un insecto salido de un gabinete de curiosidades, ni está hecho con restos de otros bichos, aunque a primera vista lo parezca. Bishop lo describe con la calma de una cronista: habla de un ser subterráneo que se mueve en la oscuridad de la ciudad, de edificios altos, de grietas en la acera, de trenes silenciosos y de una luna que brilla arriba, como una obsesión imposible.
El Hombre-Polilla vive para esa luna. Aunque sabe que nunca la alcanzará, la busca con una fe temblorosa, escalando una y otra vez, enfrentando el fracaso con la misma obstinación con que lo intentó antes. Hay algo patético en ese esfuerzo inútil, pero también algo profundamente humano.
Después de mostrarnos la ciudad que no se detiene, el tren que lo arrastra siempre en dirección contraria y el miedo de mirar hacia afuera, Bishop nos revela lo esencial: el Hombre-Polilla guarda una única posesión, una lágrima. No la desperdicia, no la ofrece a cualquiera. Pero si alguien se acerca de verdad, con la luz precisa, él está dispuesto a entregarla.
Y entonces me pregunto: ¿no somos todos un poco ese Hombre-Polilla? ¿No llevamos dentro una fragilidad que rara vez mostramos, una lágrima que solo se ofrece cuando alguien logra mirarnos de verdad? Cuántas veces hemos tragado lo que más duele por no encontrar un otro capaz de recibirlo, no solo como desahogo, sino como tesoro.
Tal vez lo más valioso que tenemos para dar no sea el triunfo ni la fuerza, sino esa gota única que guarda nuestra verdad más íntima: que lo humano no se mide por lo que alcanzamos, sino por esa lágrima que, en el momento justo, nos atrevemos a compartir.
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