
Este fue el primer poema de Kavafis que leí. Y si estoy escribiendo algo sobre él es porque me conmovió profundamente. Como suele sucederme con cierta poesía, la siento mucho antes de entenderla. Kavafis produce eso en mí: respiro su poesía, la siento en la piel, escucho su melodía, vibra en mi interior y entonces comienzo a verla.
El poema describe una escena que parece externa —una comparsa divina que pasa a medianoche—; sin embargo, aquí nada es externo ni casual. El poeta elige una hora que representa la frontera entre el día y la noche, entre la luz y la oscuridad: el tiempo simbólico del final. Porque es eso, precisamente, de lo que habla el poema: de un final, y no de cualquiera. Nos habla de una derrota vital, de ese momento en que algo que él denomina “Dios” nos abandona.
Y en lugar de compadecerse y decir “resiste”, Kavafis dice: “no llores inútilmente… Como preparado desde tiempo atrás, como valiente, di adiós a Alejandría que se aleja”.
Kavafis, desde la mirada de alguien que parece haber vivido mucho tiempo —muchas derrotas—, nos llama a enfrentarla con dignidad, con la emoción justa que permita entender lo que significa, pero sin quebrarse. Más aún, nos invita a escuchar la música “con emoción, mas no con los ruegos y lamentos de los cobardes”, autorizando sentir, pero prohibiendo desesperar.
El último placer posible no es retener lo que se va, sino escuchar su partida con atención. Convertir el dolor en experiencia estética.
Alejandría no es solo la ciudad de Marco Antonio; es el símbolo del esplendor personal: la juventud, el amor, la gloria, la belleza. Cada quien podrá darle un nombre. Cuando el poema dice “dile adiós a la Alejandría que pierdes”, está hablando de dejar ir el esplendor sin degradarse.
Finalmente, de eso se trata el poema: de la dignidad ante el fin. Es un elogio al control, pero no a la frialdad. Es la conciencia de que el derrumbe puede ser vivido con belleza.
La emoción que queda —o la que me quedó a mí, al menos— es doble: melancolía por lo que se pierde y admiración por la entereza de aceptar. La pérdida. Porque todos tenemos nuestra propia Alejandría.
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