Hay poemas que no ofrecen refugio, ofrecen una advertencia. “Cuanto puedas”, de Kavafis, pertenece a esa rara categoría. No promete consuelo ni heroísmos; pide algo más difícil: hacerse responsable de la propia vida antes de que se vuelva irreconocible.

El poema empieza con una renuncia honesta: si no puedes hacer tu vida como la quieres… Nadie puede, no por completo. Entre las obligaciones, la prisa, la fricción con los demás, la vida siempre se desplaza un poco lejos de lo que imaginamos. Kavafis no discute eso. Lo que discute es el descuido.

El corazón del poema es un verbo incómodo: envilecer. No habla de un daño espectacular, sino de un desgaste lento. La vida se deteriora cuando se la expone de manera mecánica a la torpeza cotidiana: conversaciones que sobran, compañías que agotan, compromisos que uno acepta sin preguntarse por qué. Ese roce constante va dejando la vida áspera, pesada, ajena. Hasta que un día ya no se parece a la nuestra, pero seguimos cargándola por inercia.

Esa imagen final —la vida volviéndose “pesada como una extraña”— golpea por su exactitud. No hay tragedia, no hay drama. Solo la extrañeza de descubrir que uno dejó entrar demasiado ruido y, en ese gesto, perdió la forma de lo íntimo.

A mí este poema me recuerda algo central en mi propio trabajo de escritura: la necesidad de cuidar el borde interior desde el cual miro el mundo. La memoria, cuando se mezcla sin filtro con los trajines y las conversaciones de cada día, pierde textura. Y si la memoria pierde textura, también la vida pierde dirección. Los textos que escribo nacen de ese esfuerzo por mantener despejado un espacio mínimo, un territorio que no se entregue a la voracidad de lo cotidiano. Kavafis no pide aislamiento. Pide lealtad. Una lealtad hacia lo que somos cuando nadie mira. Cuanto puedas, dice. No exige perfección, exige atención. Y esa atención, cuando se practica, cambia la forma en que habitamos el día: selecciona lo que merece energía, descarta lo que nos aleja de nosotros mismos, devuelve un poco de nitidez al interior.

Tal vez por eso vuelvo a este poema con frecuencia. Porque recuerda lo que es fácil olvidar: que la vida no se pierde de golpe, se pierde por desgaste. Y que preservarla —aunque sea en un pequeño rincón— es una tarea que nadie puede hacer por nosotros.


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