A veces me pasa que el mundo se me deshace un poco. No con estruendo, sino en silencio. Como si las cosas dejaran de tener borde. Entonces busco un libro. No siempre uno en particular. A veces solo abro el que está más cerca. Y leo. Una página. Un párrafo. A veces solo una línea.
Hay algo en ese gesto que me contiene. Como si las palabras pudieran, por un rato, sostener lo que no sé nombrar. No leo para distraerme. Leo para quedarme. Para estar. Para entender.
Leer y tambien escribir son mis formas de respirar cuando el aire se pone denso. A veces pienso que las mujeres hemos hecho esto por siglos: refugiarnos en las palabras cuando no había otro lugar donde quedarnos. Emily Dickinson encerrada en su cuarto. Clarice Lispector mirando una papa hervida como si fuera un enigma del universo. Yo, en una esquina de mi casa, tratando de que un verso me devuelva el pulso.
Porque leer y escribir no son solo maneras de aprender, o de saber más. La literatura es una forma de no perderse. De habitar el mundo sin que duela tanto. De mirar lo mismo con otros ojos. Es una conversación silenciosa con alguien que escribió hace cien años, y sin embargo parece que nos conoce. Es una lámpara encendida cuando la casa está a oscuras.
¿Y si no leyéramos? ¿Y si no escribiéramos? ¿Dónde pondríamos lo que sentimos? ¿Cómo entenderíamos esta vida tan compleja, tan frágil, tan intensa?
Leer y escribir me salvan, a veces. No siempre, no del todo. Pero lo suficiente para seguir. Y en estos días, eso ya es mucho.
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