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Podía vivir — vivió —
Podía morir — murió —
Podía sonreir al conjunto
Por fe en alguien que él no conocía —
Para presentarle su alma —Podía ir desde una escena familiar
A un lugar no frecuentado —
Podía contemplar el viaje
Con corazón resuelto —Tal confianza tenía uno entre nosotras —
Emily Dickinson
Que ya no está entre nosotras hoy —
Quienes vimos la partida
¡Nunca surcamos la Bahía!
Tiene algo desarmante la brevedad de este poema.
Como si nombrar la vida y la muerte no necesitara más que un par de verbos en pasado.
Podía vivir. Vivió. Podía morir. Murió. No hay drama en esa secuencia, no hay lamento. Solo la constatación de que alguien cumplió lo que le correspondía cumplir. Y en esa simpleza hay una dignidad enorme.
Lo que me detiene es el giro hacia la fe. La capacidad de sonreír —no resignarse, sonreír— ante algo desconocido. Dickinson no lo llama Dios ni cielo; lo llama simplemente «alguien que él no conocía». Una fe sin nombre. Una confianza que no necesita objeto para sostenerse.
Y luego el viaje: de lo familiar a lo no frecuentado. Esa es la muerte en Dickinson. No un abismo, no un castigo: un desplazamiento. Un trayecto que se emprende con el corazón resuelto, como quien ha decidido que no vale la pena temblar ante lo inevitable.
Lo más conmovedor llega al final: quienes vimos la partida nunca surcamos la bahía. Los que nos quedamos somos los que no saben. La muerte, en este poema, es un conocimiento que solo se adquiere cruzando. Los vivos observamos desde la orilla, sin poder imaginar realmente lo que hay al otro lado.
Dickinson no consuela ni amenaza. Solo registra. Y en ese registro hay una honestidad que pesa más que cualquier certeza.
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