
Tiene algo desarmante la brevedad de este poema.
Como si nombrar la vida y la muerte no necesitara más que un par de verbos en pasado.
Podía vivir – vivió –
Podía morir – murió –
No hay exaltación, no hay tragedia.
Solo hechos.
Hechos que en otros textos serían el clímax, aquí son la base. Dickinson no adorna. Constata.
Y, sin embargo, cada línea vibra con una profundidad que no se dice, pero se siente.
Tal vez la clave esté en la tercera línea:
Podía sonreír al conjunto
Esa sonrisa, ¿es aceptación? ¿Resignación? ¿Fe?
No lo sabemos. Y no hace falta saberlo.
Lo cierto es que hay algo enteramente humano en esa posibilidad de mirar el conjunto –la totalidad de la vida, quizá también de la muerte– y sonreírle.
No porque lo entendamos, sino precisamente porque no.
Porque frente a lo desconocido, una sonrisa puede ser un acto de libertad.
El poema es, al mismo tiempo, testimonio y homenaje.
Habla de “uno entre nosotras” que ya no está.
Y ese “nosotras” crea una comunidad íntima, casi secreta, que comparte un saber silencioso:
vimos partir a alguien que tuvo el valor de vivir y de morir con resolución.
Y en ese espejo, se revela nuestra propia falta:
¡Nunca surcamos la Bahía!
Ese final me conmueve.
Porque no se trata solo de la muerte del otro.
Se trata también de la vida no vivida por quienes quedamos.
Del viaje que no hicimos, del paso que no dimos, del coraje que nos faltó.
Se puede leer este poema como una elegía, sí, pero también como un llamado.
Una invitación sutil a considerar si estamos realmente viviendo, o solo esperando.
¿Y si vivir –realmente vivir– fuera tan audaz como surcar una bahía desconocida?
Dickinson no responde.
Pero deja abierta la pregunta.
Y a veces eso es más valioso que una respuesta.
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