Insomnio

La luna en el espejo del tocador contempla
un millón de millas
(y quizá, orgullosa, se mira a sí misma,
pero jamás, jamás sonríe)
lejos, más allá del sueño, o
tal vez duerma de día.
Si el universo la abandonara,
ella le diría vete al infierno,
y encontraría un cuerpo de agua
o un espejo donde habitar.
Así que envuelve tu angustia en una telaraña
y arrójala al fondo del pozo.

en ese mundo invertido
donde la izquierda es siempre la derecha,
donde las sombras son el cuerpo,
donde permanecemos despiertos toda la noche,
donde los cielos son tan poco profundos
como hondo es ahora el mar,
y tú me amas.

Elizabeth Bishop

Existen noches en las que el sueño no llega. No porque falte cansancio, sino porque algo —un hilo invisible, una resistencia obstinada— mantiene los párpados abiertos. Noches largas, de un silencio que no se deja domesticar, donde los pensamientos se acomodan como si fueran huéspedes indeseados que han decidido quedarse.

En esas horas inmóviles, todo parece adquirir una precisión extraña a pesar del caos. Cada sombra se define. Cada gesto mental se vuelve visible. Así imagino que fue como Elizabeth Bishop dio con Insomnio. Y no pudo dejarlo ir.

Bishop abre con una imagen que podría pasar por un detalle doméstico: la luna reflejada en el espejo de un tocador. No la vemos directamente; está atrapada en ese objeto inmóvil. Se contempla sin sonreír, fría, distante, solitaria. Ese gesto —o esa ausencia de gesto— me resulta conocido. Es el mismo que adopta una mujer que ha aprendido a no regalar expresiones innecesarias.

El espejo, pienso, siempre es un cómplice ambiguo: refleja, pero encierra. Nos devuelve la forma, pero le roba el contexto. La luna, ahí, deja de ser parte del cielo. El insomnio funciona igual: toma la realidad, la inmoviliza y nos la devuelve, como una copia que ha perdido su temperatura.

En la segunda estrofa, Bishop deja que la luna se canse de su papel. Si el universo la abandona, ella lo manda al infierno y busca su propio lugar: un cuerpo de agua o un espejo donde habitar. Son superficies que ofrecen hospitalidad, pero también distorsionan. Y en esa deriva hay algo de orgullo, de soberanía íntima.

Entonces llega esa línea que siempre me detiene: «así que envuelve tu angustia en una telaraña y arrójala al fondo del pozo». Es violento, sí, pero también liberador. Imagino las manos haciendo ese gesto: tomar algo invisible, envolverlo en un hilo fino, y dejarlo caer. Un pequeño acto de insubordinación contra la noche.

Y entonces, el mundo se da vuelta. Bishop nos conduce a ese lugar donde la izquierda es derecha, donde la sombra es el cuerpo, donde el cielo es tan superficial como el mar es profundo. Es un mapa invertido. No hay lógica que nos oriente. Y justo ahí, cuando parece que el poema podría cerrarse en su propio extrañamiento, aparece una frase que desarma todo: «y tú me amas».

Ese verso es un golpe. Una fractura que introduce una intimidad inesperada. Hasta ese momento, el poema había sido una observación precisa, contenida, casi impersonal. Y de pronto, la presencia de un «tú» altera el orden de todo. El amor —o su recuerdo— irrumpe como una corriente de aire frío en una habitación cerrada.

Para mí, Insomnio es un retrato de esa lucidez incómoda que se instala cuando la mente está demasiado despierta para obedecer las reglas de la luz. Es, también, un mapa de la soledad que una mujer aprende a habitar: un territorio donde puede observarlo todo, incluso a sí misma, sin bajar la guardia. Y en el último instante, esa arquitectura se rompe para dejar pasar una frase que no justifica nada, que solo existe.


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