La mañana después de una muerte tiene ritmo de casa, de rutina cotidiana, pero en cámara lenta: se barre, se guarda, se etiqueta. Dickinson lo nombra sin adornos: Ajetreo y Tarea. Nada grandioso, nada sublime. Precisamente por eso pesa: porque la vida, obstinada, exige faenas mientras el sentido mismo está en huelga, para no enfrentar el dolor.

El poema encaja las piezas con precisión quirúrgica -muy propio de ella-. Primero, la escena: una casa en movimiento, cuando hasta el pulso parece haber quedado detenido. Luego, el procedimiento: Barrer el Corazón —limpiarlo, purificarlo— y poner a resguardo el Amor. No es negarlo; es embalarlo para que no se rompa más, para cuidarlo como un tesoro, hasta la eternidad -recordemos que Dickinson creía en Dios-. En duelo, lo doméstico es lo manejable, lo que podemos realizar con la energía que nos queda sin pulverizarnos.

El final tensa el significado: “que no vamos a volver a usar / hasta la Eternidad”. Dos lecturas conviven sin estorbarse. Una: no volveremos a necesitar ese amor en esta vida porque estaba destinado únicamente a quién ha muerto. Otra: no volveremos a querer usarlo hasta que el tiempo se acabe; porque ahora mismo, tocarlo quema. En ambas, el acto es el mismo: suspender el amor para protegerlo —y protegernos.

La pausa después de “Tierra—” es un respiro: reconoce que no hay concepto que alcance, así que el poema ofrece instrucciones. Es poco, sí, pero es lo único que no traiciona la realidad del día siguiente.

Cierre sin anestesia: el dolor no se resuelve; se queda, se gestiona. Y gestionar, aquí, es un acto de amor que se esconde para sobrevivir.

Yo estoy de acuerdo, sin duda, la mañana después de una muerte, es la más solemne de las tareas que tendremos que realizar en esta tierra.


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