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Una Agonía en las facciones—
Una prisa en la respiración—
Un éxtasis de despedida
Denominado Muerte—

Una angustia ante la mención
Que una vez cultivada hasta la paciencia,
He sabido que le habían dado permiso
Para reunirse con lo suyo.

Emily Dickinson

En este poema, Emily Dickinson no ofrece metáforas tranquilizadoras. Se limita a mirar y a decir. Y esa desnudez me sacude.

Comienza por lo visible: el rostro que se contrae, la respiración que tropieza, el cuerpo que todavía intenta permanecer un instante más.

Dickinson llama a la muerte «un éxtasis de despedida». No un final, no un apagarse: un éxtasis. La palabra duele por su precisión. Hay algo en el momento del último alíento que escapa a toda descripción racional, y ella lo sabe. Por eso no explica; nombra.

Luego viene lo que más me detiene: esa angustia ante la mención. El solo hecho de nombrar la muerte produce algo en el cuerpo, en el interior. Una contracción. Una resistencia. Como si el lenguaje también muriera un poco al decirlo.

Y al final, la quietud. Lo que parecía angustia se vuelve, con el tiempo y la paciencia, una especie de comprensión. No consuelo, no resignación: permiso. La muerte como una autorización para reunirse con lo propio. Con lo que siempre fue suyo.

No sé si Dickinson creía en una vida después de la muerte. Pero sí creo que entendía la muerte como un regreso. Y esa idea, tan sencilla y tan misteriosa, es lo que este poema deja habitando en mí.


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