Lo primero que pensé al leer este poema fue: aquí está la respuesta a tantos por qué. Imaginé un mundo en que no hubiese diferencia entre poder, querer y hacer. Un mundo en que todo se resolviera en un mismo gesto. Qué descanso, pensé. Qué fácil sería vivir sin esa fractura.

Pero luego lo entendí distinto. Un mundo así sería extraño, plano, casi estéril. No habría preguntas, no habría análisis, no habría interpretación. La vida perdería su hondura, se volvería una línea recta en la que no haría falta detenerse a pensar. Y yo, que vivo a fuerza de preguntas, no sabría cómo habitar un mundo sin ellas.

Dickinson lo dice mejor. Si lo que pudiéramos fuera lo que hiciéramos, todo sería simple. No existiría la duda, no habría desvelo. Pero la realidad es otra: entre lo que deseamos, lo que nos atrevemos y lo que finalmente hacemos se abre un espacio incómodo, fértil y doloroso. Una brecha. Allí anidan los “¿por qué no?” y los “¿por qué sí?”. Allí nacen las decisiones que pesan incluso cuando parecen pequeñas.

Ella lo llama criterio: en ese espacio se juega nuestro juicio, nuestra capacidad de elegir. En un mundo perfecto, ese criterio sería irrelevante, innecesario. Pero en el nuestro es todo lo contrario: siempre arrastra consigo esa diferencia entre intención, posibilidad y acción. Por eso juzgar nunca es fácil; por eso hablar nunca alcanza.

Y entonces llega el remate: “Es lo Esencial —del Habla— / La impotencia de decir”. Qué duro y qué cierto. Lo esencial del lenguaje no está en su poder de expresar, sino en su límite. En su incapacidad. En esa grieta entre lo que queremos o podemos decir y lo que finalmente decimos.

Y pienso que esa impotencia no es un fracaso. Es, quizás, lo que nos mantiene vivos. Porque al no poder decirlo todo, seguimos buscando, seguimos inventando palabras, gestos, formas de rodear lo que se nos escapa. El lenguaje, con todas sus fisuras, nos obliga a intentarlo una y otra vez.

Tal vez ahí radique lo más humano: en aceptar que no hay coincidencia perfecta entre querer, poder y hacer, ni entre sentir y decir. Lo que nos salva no es la perfección, sino la insistencia. Vivimos en la brecha, y la brecha, aunque incomode, es el lugar desde el cual seguimos creando.


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