En este poema, Emily Dickinson no ofrece metáforas tranquilizadoras. Se limita a mirar y a decir. Y esa desnudez me sacude. Comienza por lo visible: el rostro que se contrae, la respiración que tropieza, el cuerpo que todavía intenta permanecer un instante más. Leer más →
La épica de lo mínimo
Vuelvo a Bishop: no la conocía antes de ver Flores raras hace varios años. Me pareció fascinante: ella, su historia y, por supuesto, su obra. Este poema también aparece en la película: un invitado importante —admirador suyo— lo recita, pero se detiene antes del final, esperando que ella lo complete. Leer más →
Barrer el corazón
La mañana después de una muerte tiene ritmo de casa, de rutina cotidiana, pero en cámara lenta: se barre, se guarda, se etiqueta. Dickinson lo nombra sin adornos: Ajetreo y Tarea. Nada grandioso, nada sublime. Precisamente por eso pesa: porque la vida, obstinada, exige faenas mientras el sentido mismo está en huelga, para no enfrentar el dolor. Leer más →
Insomnio – Elizabeth Bishop: la luna, el espejo y el mundo al revés
Existen noches en las que el sueño no llega. No porque falte cansancio, sino porque algo —un hilo invisible, una resistencia obstinada— mantiene los párpados abiertos. Noches largas, de un silencio que no se deja domesticar, donde los pensamientos se acomodan como si fueran huéspedes indeseados que han decidido quedarse. Leer más →
Reflexiones sobre el Poema 59 de Emily Dickinson
Tiene algo desarmante la brevedad de este poema. Como si nombrar la vida y la muerte no necesitara más que un par de verbos en pasado. Leer más →